El historiador no juzga a los personajes, los comprende.

“El historiador no sienta en el banquillo ni juzga a los personajes, sino que los estudia para entenderlos y poderlos explicar; por eso los historiadores acabamos enamorados de ellos, porque los conocemos tan bien, los comprendemos, nos metemos en su privacidad, en sus correspondencias íntimas, que acabamos haciéndolos nuestros compañeros”, dijo la reconocida historiadora Patricia Galeana, al presentar en Puebla su más reciente libro La fascinación por el Imperio.

Invitada por el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la UAP, en particular por el historiador Arturo Aguilar Ochoa, la directora del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) presentó este volumen en el que recupera “la historia material y cultural” del imperio de Maximiliano de Habsburgo en México.

A través de misivas, documentos históricos y sobre todo del álbum fotográfico que dejó José Fernando Ramírez, político, historiador y secretario de Estado del propio Maximiliano, la historiadora devela el peso que tuvo el monarquismo mexicano en la cultura y la sociedad de mediados del siglo XIX.

Galeana aclaró que el primer historiador mexicano que quiso integrar al imperio a la historia mexicana fue Edmundo O’Gorman, cuando en 1967 escribió El triunfo de la República, una obra colectiva editada por la Secretaria de Hacienda que plantea que no se puede entender el triunfo de la republicanos si no se reconoce el ideal monárquico de México y su segundo imperio.

“Si se hubiera podido hacer un plebiscito a la llegada de Maximiliano, es seguro que lo hubiera ganado, ya que se veía a la monarquía como la salvación del caos, para que el país no fuera dominado por Estados Unidos y para preservar la tradición católica supuestamente perseguida por Benito Juárez”.

Después de la obra de O’Gorman, continuó Patricia Galeana, puede considerarse a Martín Quirarte como un continuador del tema. Ambos, agregó, fueron sus maestros. Quirarte, de quien fue su adjunta los últimos cinco años de su vida, le dirigió el trabajo sobre los documentos de José Fernando Ramírez, un hombre versátil y renacentista, que dejó el álbum sobre Maximiliano.

Fue dicho álbum que llegó al Centro de estudios de historia de México Condumex, ahora Carso, gracias a la donación de la familia, el punto de partida del libro La fascinación por el Imperio, ya que publica un pequeño ensayo en el que explica el peso cultural y social que tuvo la monarquía.

Agregó que dicha influencia cultural formaba parte del proyecto de Napoleón III, quien no quería ser “Napoleón Petit”, sino más grane que su tío. “Es curioso cómo la página más gloriosa de su reinado fuera el inicio de su caída”. Además de tocar otros aspectos poco conocidos del proyecto napoleónico, como hacer un paso interoceánico en México, dijo que en su ensayo aborda la cultura material del imperio.

“Hay que saber que la importancia de los objetos era como parte del protocolo, como elementos para vestir al poder, siendo una parafernalia indispensable que le daba fuerza y se contraponía a la austeridad republicana”, concluyó la autora del libro La correspondencia entre Benito Juárez y Margarita Maza.

En la presentación, destacó la presencia de la también reconocida investigadora del Colegio de México, Erika Pani, quien explicó que el texto de su colega refiere al “complejo juego diplomático, a los conflictos, los intereses y la visión de Maximiliano, de los mexicanos y de su patrocinador francés”.

Del material destacó las ilustraciones sobre Iturbide, con quien se pensó “sería posible un imperio mexicano glorioso, extenso y próspero”. En dichos retratos, completó, Iturbide luce revestido en una mezcla de emperador romano con cierto aire napoleónico, que deja ver su fascinación por el imperio.

En síntesis, dijo que las imágenes –incluidas también de colecciones particulares– dejan ver la naturaleza de los regímenes políticos, en este caso en la cultura material de un régimen monárquico que se expresó por medio de objetos ceremoniales, las obras de arte, las fotografías como cartas de visita y otras piezas de uso cotidiano e incluso artesanía popular, como lo fue un silbato de barro que tiene el rostro del emperador.

Este tipo de cosas, concluyó Pani, ponen a pensar qué tan eficiente fue el imaginario imperial y si encontró competencia con el republicano; también invitan a preguntarse qué tanto las imágenes de Maximiliano y Carlota pesaron más entre la sociedad y sobre la figura de Benito Juárez, con su levita estereotípica del republicano austero.

Fuente: http://www.lajornadadeoriente.com.mx/

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